Una vez más, no fue
necesario coger un avión o desplazarme largas distancias para irme de viaje. Incluso
no hizo falta cambiar de ciudad, no implicó ese traslado físico. A pocos
kilómetros de mi casa, en el Trump Doral
Golf Resort & Spa, con ocasión del WGC
Cadillac Championship, me teletransporté al pasado, a lo vivido por mis dos
grandes ídolos, a las horas pegadas al televisor y al ordenador, a los recortes
de revistas, a las biografías leídas, a las alegrías de las grandes victorias y
las penas y decepción de las grandes derrotas, a la razón por la cual empecé a
jugar al golf, a diseñar recorridos, a los sueños rotos, incumplidos, a los
caminos casi tomados, al ¿y si hubiese?, al ¿estaré a tiempo?. Aunque no todo
fueron recuerdos. Consciente, aprovechando cada minuto, exprimiendo cada hoyo
al máximo, disfruté como un niño de dos grandes jornadas de golf protagonizadas
por el ganador, el monstruo intimidante, eternamente concentrado, vivo, el elegido, Dios supremo
del deporte moderno, Tiger Woods, y por el siempre talentoso, carismático, ‘jugón’,
único, la viva representación de mi sueño, Sergio García. Gracias por la bola
firmada Sergio. Gracias por la sacada de bunker del hoyo 15 de la última ronda.
Gracias por seguir ahí arriba después de, ya, 14 años.