Como Indiana Jones por la ciudad
de Petra y los cañones de Wadi Mujib, como Lawrence de Arabia a través del
desierto del Wadi Rum y como una estrella jordana de música de vacaciones en
los diferentes resorts en el Mar Muerto y Aqaba. Así me he sentido durante una
semana en Jordania, el país de los tesoros ocultos y las mujeres escondidas, de
los ojos enormes y rostros bellísimos, la mayoría cubiertos bajo el opaco
tejido de la religión, de la devoción extrema por su familia real, del caos
organizado, de la falta de horarios comerciales, de la vida en la calle, de los
medios de locomoción noventeros, donde el tiempo dejó de correr hace ya tiempo.